El funambulista se dispone a cruzar el tendido circense ataviado solo con una malla de licra y unas zapatillas flexibles que coloca suavemente una delante de la otra con las puntas hacia afuera. La barra de equilibrio le brinda una magnífica oportunidad: sortear su crisis existencial mediante el miedo plasmado en los ojos de su público.
La altura es una condición secundaria, ¿qué son veinte metros de altura para quien desafía a la gravedad? Solo una cuestión de matices irrelevantes. El público es la meta, la plataforma a diez metros de donde partió sorteando el viento, es solo un paso. Debajo, ahogando gritos y risas, el payaso triste se enfrenta al loco en un disparatado duelo de flores que disparan saetas acuáticas.
Las bailarinas y gimnastas muestran su cuerpo contorsionado en piruetas imposibles soñando con una entrada lo suficientemente importante como para tomarse una semana de descanso. El público grita mirando el cuadro esperpéntico de la tarde, donde payasos, bailarinas y funambulistas yacen a la par que se mueven en su maravilloso mundo fatuo.
El acróbata se mece sobre su columpio por encima del funambulista y, con el chasquido del domador de leones, comienza a piruetear con el ritmo del metronómico balancín. "Chás, chás", el sonido del látigo implacable da las órdenes precisas para que el fiero rey de la sabana ruja y salte sobre su pelota de gimnasia.
Por último, hace acto de presencia el líder del esperpéntico espectáculo por antonomasia: el maestro de ceremonias. Su cetro y su sombrero lo visten como regente indiscutible de la maravilla del circo. Todos lo miran cuando surge del centro de las arenas dispuesto a ordenar a sus contorsionistas súbditos los movimientos más espectaculares.
Por un momento, el maestro de ceremonias recuerda como era antaño el mundo del circo. Cuando él aparecía en el momento del clímax de la función los niños y mayores rompían en un alarido fragor de batalla. "Plas, plas, plas" y algún que otro "¡Bravo!" surgían como implosiones hacia el centro mismo de la carpa.
Con este pensamiento vacuo y nostálgico, el regio maestro se cuadra ante todo el personal. Y se prepara para alzar las manos, conocedor de que el auténtico espectáculo comienza justo al final de la obra. Y no se va a producir en el centro del circo, sino que se producirá centrífugamente. Todos los elementos circenses, funambulistas, acróbatas, domador y payaso jnto a otras geniales criaturas esperan el aplauso final.
El maestro de ceremonias eleva su cetro marcando el fin de la función. Y comienza el silencioso espectáculo que contemplan con ojos como platos los hijos circenses: el deslumbrante silencio marcado por las luces que dispara la grada hacia el centro de la plaza, acompañadas del "chic-chic" del flash. Luego, el maestro mira su móvil a la espera de que #tardedecirco se coloque como trending topic.
La altura es una condición secundaria, ¿qué son veinte metros de altura para quien desafía a la gravedad? Solo una cuestión de matices irrelevantes. El público es la meta, la plataforma a diez metros de donde partió sorteando el viento, es solo un paso. Debajo, ahogando gritos y risas, el payaso triste se enfrenta al loco en un disparatado duelo de flores que disparan saetas acuáticas.
Las bailarinas y gimnastas muestran su cuerpo contorsionado en piruetas imposibles soñando con una entrada lo suficientemente importante como para tomarse una semana de descanso. El público grita mirando el cuadro esperpéntico de la tarde, donde payasos, bailarinas y funambulistas yacen a la par que se mueven en su maravilloso mundo fatuo.
El acróbata se mece sobre su columpio por encima del funambulista y, con el chasquido del domador de leones, comienza a piruetear con el ritmo del metronómico balancín. "Chás, chás", el sonido del látigo implacable da las órdenes precisas para que el fiero rey de la sabana ruja y salte sobre su pelota de gimnasia.
Por último, hace acto de presencia el líder del esperpéntico espectáculo por antonomasia: el maestro de ceremonias. Su cetro y su sombrero lo visten como regente indiscutible de la maravilla del circo. Todos lo miran cuando surge del centro de las arenas dispuesto a ordenar a sus contorsionistas súbditos los movimientos más espectaculares.
Por un momento, el maestro de ceremonias recuerda como era antaño el mundo del circo. Cuando él aparecía en el momento del clímax de la función los niños y mayores rompían en un alarido fragor de batalla. "Plas, plas, plas" y algún que otro "¡Bravo!" surgían como implosiones hacia el centro mismo de la carpa.
Con este pensamiento vacuo y nostálgico, el regio maestro se cuadra ante todo el personal. Y se prepara para alzar las manos, conocedor de que el auténtico espectáculo comienza justo al final de la obra. Y no se va a producir en el centro del circo, sino que se producirá centrífugamente. Todos los elementos circenses, funambulistas, acróbatas, domador y payaso jnto a otras geniales criaturas esperan el aplauso final.
El maestro de ceremonias eleva su cetro marcando el fin de la función. Y comienza el silencioso espectáculo que contemplan con ojos como platos los hijos circenses: el deslumbrante silencio marcado por las luces que dispara la grada hacia el centro de la plaza, acompañadas del "chic-chic" del flash. Luego, el maestro mira su móvil a la espera de que #tardedecirco se coloque como trending topic.

Ya no son los aplausos lo que marca el éxito de un espectáculo... Hemos logrado frivolizar incluso la expresión de las emociones y los sentimientos.
ResponderEliminar(Sólo una pequeña corrección técnica: deberías haber puesto #tardedecirco en vez de @tardedecirco; la @ marca personas, la # tendencias).
Correctus est!
ResponderEliminarTe echo de menos...
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