Los tiempos que corren son especialmente apasionantes. Nacionalismos de todos los bandos, colores, olores y hasta sabores (
pa amb tomàquet y tortilla de patatas) contrastan en pasiones efervescentes. El mal del siglo, el nuevo mal del siglo, canalizado a modo del
mal du siècle francés tras la entrada en el siglo XIX a poco más de una década de la Revolución Francesa. Las tres preguntas clave de esta deriva sensacionalista, insisto, en todos los sentidos, deberíamos encontrarlas en las consabidas
¿de dónde venimos? ¿dónde estamos? ¿a dónde vamos?.
De todo este escandaloso caldo de cultivo de irracionalidades se nutren hoy Mariano Rajoy y Artur Mas. El primero porque tiene la necesidad imperiosa de buscar un sentimiento común de todos y cada uno de los habitantes del Estado que dirige, todo a costa de las particularidades de cada una de las regiones y habitantes. El segundo en respuesta violenta contra esa conceptiva del que quiere destacarse del resto. Y ambos dos, apoyados por facciones plagadas de sentimientos pasionales incansables.
Una de las claves que a mi juicio más ha contribuido a esta sinrazón generalizada de independentismo y mutismo aplacador, se encuentra en los aberrantes intentos de centralización de competencias otorgadas a la periferia de Madrid. Recordemos la reforma exprés de la Constitución en la que, sin previa consulta a los ciudadanos, se blindaron los topes de las Comunidades Autónomas en cuanto a déficit se trata. Una muestra de que el Estado manda y las Autonomías obedecen.
En otro lado, si el sentimiento de nación catalana triunfa es precisamente gracias a otro gran y aberrante centralismo: la fuerza centrista de Barcelona en detrimento de las regiones sobre todo del sur. No se puede imponer una voluntad nacional sin tener un eje fuerte en el centro. El pulso pues se plantea entre Madrid y Barcelona (recordemos el trato favorable de la televisión pública de Catalunya hacia el consistorio condal, frente a la ignorancia extrema de, por ejemplo, la ciudad de Tarragona; las fiestas de la Mercè tienen tratamiento nacional, ¿lo han sido así las fiestas de Santa Tecla de Tarragona?).
Estas dos posiciones más semejantes de lo que a simple vista creen algunos, se pueden tratar como el mito del rey Arturo, Excalibur (espada extraída de una piedra) y la hermana de este, la bruja Morgana. Excalibur representa la Constitución, incrustada en la piedra para preservar el statu quo. Artur Mas, Arturo, la ha extraído ahora de la piedra empujado por sus huestes a invocar la voluntad de su pueblo, para resquebrajar así el statu quo y forzar así una brecha en el Estado que sería la piedra sobre la que se levantaba Excalibur.
Las autoridades de Madrid ante esta declaración muestran una ambigüedad clara, tan grande como las estratagemas de Morgana por tal de aumentar su poder e influencia: se envuelven en un espíritu de Estado de Derecho y tildan de inconstitucional la Ley de Consultas. Y es que el juicio está servido de antemano: la ley es inconstitucional porque yo lo digo y el Tribunal lo único que hará será ratificarlo. Una auténtica pantomima, sin duda. Pantomima de la que forma parte, claro está nuestro Arturo de la comedia: que nadie se engañe, ya sabía de antemano lo que ocurriría, pero en su mesa redonda se sienta Lanzarote, envuelto en los ropajes de ERC, esperando el momento para arrebatarle a su mujer, Ginebra (el Govern).