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lunes, 23 de junio de 2014

Circo

El funambulista se dispone a cruzar el tendido circense ataviado solo con una malla de licra y unas zapatillas flexibles que coloca suavemente una delante de la otra con las puntas hacia afuera. La barra de equilibrio le brinda una magnífica oportunidad: sortear su crisis existencial mediante el miedo plasmado en los ojos de su público.

La altura es una condición secundaria, ¿qué son veinte metros de altura para quien desafía a la gravedad? Solo una cuestión de matices irrelevantes. El público es la meta, la plataforma a diez metros de donde partió sorteando el viento, es solo un paso. Debajo, ahogando gritos y risas, el payaso triste se enfrenta al loco en un disparatado duelo de flores que disparan saetas acuáticas.

Las bailarinas y gimnastas muestran su cuerpo contorsionado en piruetas imposibles soñando con una entrada lo suficientemente importante como para tomarse una semana de descanso. El público grita mirando el cuadro esperpéntico de la tarde, donde payasos, bailarinas y funambulistas yacen a la par que se mueven en su maravilloso mundo fatuo.

El acróbata se mece sobre su columpio por encima del funambulista y, con el chasquido del domador de leones, comienza a piruetear con el ritmo del metronómico balancín. "Chás, chás", el sonido del látigo implacable da las órdenes precisas para que el fiero rey de la sabana ruja y salte sobre su pelota de gimnasia.

Por último, hace acto de presencia el líder del esperpéntico espectáculo por antonomasia: el maestro de ceremonias. Su cetro y su sombrero lo visten como regente indiscutible de la maravilla del circo. Todos lo miran cuando surge del centro de las arenas dispuesto a ordenar a sus contorsionistas súbditos los movimientos más espectaculares.

Por un momento, el maestro de ceremonias recuerda como era antaño el mundo del circo. Cuando él aparecía en el momento del clímax de la función los niños y mayores rompían en un alarido fragor de batalla. "Plas, plas, plas" y algún que otro "¡Bravo!" surgían como implosiones hacia el centro mismo de la carpa.

Con este pensamiento vacuo y nostálgico, el regio maestro se cuadra ante todo el personal. Y se prepara para alzar las manos, conocedor de que el auténtico espectáculo comienza justo al final de la obra. Y no se va a producir en el centro del circo, sino que se producirá centrífugamente. Todos los elementos circenses, funambulistas, acróbatas, domador y payaso jnto a otras geniales criaturas esperan el aplauso final.

El maestro de ceremonias eleva su cetro marcando el fin de la función. Y comienza el silencioso espectáculo que contemplan con ojos como platos los hijos circenses: el deslumbrante silencio marcado por las luces que dispara la grada hacia el centro de la plaza, acompañadas del "chic-chic" del flash. Luego, el maestro mira su móvil a la espera de que #tardedecirco se coloque como trending topic.

lunes, 17 de febrero de 2014

Un día cualquiera

Silencio… El aire sopla… Se cuela… Por la ventana… Suspiros…

Y toca el despertador que detonando una desternillante melodía te saca del profundo sueño que te embriagaba, que te envolvía para llevarte a la vida del mundo, y te cepillas, te aseas, te peinas y te vistes mientras un ruidito sordo te indica que tienes que comer y comes para hacer hueco en tus entrañas, pues tienes que irte rápidamente, la vida te espera en un frenesí, que no para que se contagia, vuelan las horas, estudias o trabajas en un colapso de tiempo fugaz que se eterniza por momentos que se hace corto y que queda muy largo, demasiado largo para todos, para él, para mí, para ti.

Las dos… Hora de comer… Es una alivio… Y vuelta a empezar con la rutina de la tarde, un breve lapso que te endulza por instantes pero que te endurece el ánimo porque enraiza con la pasión de ese trabajo que en la tarde aún rezuma más sabor de aburrimiento, constantes, vibrantes, movidos, absurdos movimientos que te hacen continuar en el frenesí de la vida, que no para, que sigue, que continúa y de pronto… De pronto… Un beso… Al calor del atardecer.

Y corren ríos de sangre por mis venas  que enfurecen el ánimo y lo salvaje me invade en un ansiado frenesí. De locura, de tormenta, de furia desmedida, de pasiones y de logros y de suspiros a la brisa. Alientos unidos en un solo gemido que resisten la torpeza de un torpe combate en frenesí austero de completa autonomía de dos cuerpos que se afanan por conquistar al otro en una batalla de calor ardiente y de fuego pasional en una tarde de sabores salados que recorren la cara y el cuerpo y lo empañan de furor y lo calman al unísono con el aliento en boca… Y se calma… Viene la calma… Cierras los ojos… Y te entumeces… Te sumerges… En el instante… En este instante… 

Empieza de nuevo el giro de la pasión, en embriagadas embestidas que dan sentido a este corazón. Late, lates, late, lates. Gimes y suspiras; gimo y suspiro, una y otra vez, otra vez y... Otra vez... Siempre, otra vez... Cuando...

Los latidos frenan…

Frena el tiempo…

Suave…

Lento…

Bostezas…  

Oyes… Callas…

Cierras los ojos…

Hasta el día… siguiente…

sábado, 15 de febrero de 2014

Baile sombrío

Caminaba con paso sereno por las calles de la sucia ciudad europea. Miraba a un lado a otro ensayando muy bien cuál iba a ser su coreografía una vez saliera a la avenida principal: paso firme, decisión en el torso, mirada firme y segura, hombros y espalda rectos. Era consciente de que en ese baile sombrío se la jugaba; se jugaba ser otra vez quien era.

El mar volvía a ser su confidente y el oleaje tras de sí formaba mantos de espuma que susurraban en un idioma que solo él descifraba. "Ahora... ahora... ahora... es el momento de volver... a casa...". No tenía la intención de traicionar a su fiel amigo. Esta vez no, ya lo hizo en el pasado y no estaba dispuesto a volver a hacerlo.

Su paso se dirigía hacia luces extrañas que revoloteaban a color extenso. Luces que creaban sinuosas sombras que fornicaban con el mobiliario urbano en una orgía desenfrenada y lasciva. Porque la lascivia era el gran pecado de esa sucia y asquerosa ciudad. La puta de Europa, como la llamaban. Y el mar clamaba su venganza sobre esa urbe de pecados infinitos que eyaculaba en las playas vejando la santidad de las aguas marinas.

Seguía avanzando y en la esquina iluminado, se le vio entero. El caballero gris se plantó en esa esquina esperando unos segundos de expectativa y se dispuso a caminar tal y como había practicado. Con unos pantalones ceñidos y oscuros, camisa negra y gabardina gris abierta, representaba el luto de un mar por su constante violación. Armado con dos revólveres ceñidos al cinturón comenzó su baile sombrío.

El niño miraba por la ventana como un loco disparaba a diestro y siniestro a través de la avenida. las calles se teñían de rojo y los gemidos de antaño se volvieron gritos y sollozos. La lujuria pasó a ser tristeza en un bang y la oscuridad era escarlata. Abrió bien los ojos, su niñez se tornó infame en ese momento. Y percibió el olor de la muerte.

El mar quedó contento, mucho más abajo. Las playas teñidas de sucio blanco, ahora estaban pintadas de carmín. De suculento malva. Y el rugido de las olas se elevó sobre los llantos de los cadáveres.